No es objeto de este blog criticar la actuación de la SGAE y del resto del comité que votó por la letra del himno que ganó el concurso, ni tampoco la actuación de los que nombraron al comité ni la del ministerio de Cultura. Aunque bien merecen un lugar aparte a la hora de comer.
A nadie se le escapa que la letra seleccionada es manifiestamente mejorable. Tampoco a H. Gómez quien, en su día, compuso unas estrofas que por modestia no se atrevió a publicar, jugazgándolas indignas de tamaña distinción y pensando que, a fin de cuentas, doctores tiene la Iglesia. Sin embargo, espantado por la posibilidad de ver la Marcha Real arrastrándose bajo el peso de semejante sarta de simplezas, H. Gómez, un tanto destemplado, nos instó a nosotros, sus queridos amigos, a que expusieramos al público vituperio sus humildes esfuerzos. De esta manera, nos decía, verán las gentes cuán fácil es mejorar lo presente y así quizás se detenga este despropósito.
H. Gómez está dispuesto a escuchar otras propuestas que aquí se reciban aunque algo nos dice que en su fuero interno siente especial predilección por la suya. Ensimismado y colérico a la vez no deja de predicar sus desvaríos:
¡España necesita un himno que la gente quiera cantar!
¡España merece ganar un mundial y no estoy hablando de fútbol!
¿Cómo puede gozar de predicamento semejante ripio en la nación que deslumbró al mundo en el siglo de oro?
Nosotros sus amigos, tratamos del calmarle y le prometemos lo imposible. Le decimos que hablaremos con los medios, los ministros, los contertulios y que convenceremos al mismismo Oleguer. Y henos aquí bien entrada la madrugada, exhaustos, marchitos y desvelados por la patria.